Una mirada al tercer sector

Las organizaciones sin fines de lucro, conocidas como el Tercer Sector de la economía, han jugado un papel importante en el desarrollo de la misma, las artes, la salud y en la sociedad en general a través del tiempo. Ahora más que nunca necesitan nuestra ayuda.

No hay algo más desgarrador y a la vez más hermoso que ser alguien que necesita ayuda de otra persona y, aun así, entregue cada minuto de su vida ayudando a otros en similar o peor condición. El viernes, 4 de agosto, tuve la oportunidad de integrarme a una organización dedicada a ayudar entidades sin fines de lucro en temas de finanzas, administración y contribuciones. No fue hasta que me senté con una de ellas a dialogar que internalicé la situación precaria de la Isla es profunda.

En Puerto Rico existen alrededor de 11,570 organizaciones sin fines de lucro, de las que 22% de ellas son entidades con base de fé y el restante provee algún tipo de asistencia social. Las últimas, brindan servicios esenciales desde recreación y educación hasta cuidado de salud a una gran cantidad de personas que, dado los recursos limitado del gobierno, éste no logra allegarles tal cuidado.

Tan pronto la moderadora de la actividad dio paso a que entrara al salón la organización que yo estaría asesorando, mi pecho se fue apretando según se acercaban a mi mesa. Hace tiempo no me sentía tan conmovido como estuve al notar quienes se acercaban era una pajera de aproximadamente sesenta y algo años de edad, tal vez setenta, ambos ciegos, llevando en sus físicos una salud desgastada y un ánimo deplorable.

Esta pareja, con la ayuda de la administradora (quien los llevó a la actividad) ofrecen servicios educativos gratuitos de repostería y cocina en su pequeña comunidad rural al noroeste de Puerto Rico. Ya que su público padece de distintas condiciones de salud, y en su mayoría tampoco logran obtener educación competente, se han esforzado para recaudar fondos para los más enfermos e intentan insertar a quienes no tienen cómo ganarse la vida en la fuerza laboral con sus cursos de repostería.

Nuestra conversación comenzó desde la perspectiva de negocios y administración. Poco luego giraba a ser más un desahogo que otra cosa. El primer golpe que recibí fue al enterarme que la administradora anterior se apropió de sobre quince mil dólares y luego desapareció, seguido por aprender que aún no tenían exención contributiva otorgada por el gobierno, teniendo así que pagar contribuciones anualmente como si fuesen una corporación con fines de lucro. En otras palabras, todo lo recibido, sea por actividades benéficas o donaciones, incluyendo las del propio gobierno, es considerado ingreso y tributa hasta un máximo de 39%. Esto puede que limite la organización a ofrecer sus servicios, o peor aún, los ubique en la encrucijada de seleccionar dejar de servir.

El segundo golpe vino cuando comencé a enterarme de las necesidades de su comunidad y los retos económicos que afronta su organización. Mientras el caballero permanecía con su mirada hacia el piso, escondiendo un ojo tuerto y el otro que apenas le funcionaba, la señora, con su mirada perdida, enumeraba la cantidad de vecinos que necesitaban medicamentos, tratamientos, atención especializada, operaciones (algunos de carácter urgente) y la escasa educación con la que cuentan muchos. Su angustia y desconsuelo era fácil palpar.

Cuando creí lo había escuchado todo, vino lo peor: la legislatura le asignaba 25 mil dólares anuales, el año anterior lo redujeron a 20 mil y actualmente lo disminuyeron a 15 mil dólares. Simultáneamente, pensé que cualquier persona cerraría la organización y se evitaría toda esa angustia, mientras ella continuaba “lo que me dan son ganas de dejar todo, me canso demasiado”. Si para poco daba lo que recibían y lo que recolectan en actividades pro-fondos, ahora daría para mucho menos.

¿Qué significa esto? Que habrá una reducción sustancial en los servicios que ofrecen las organizaciones sin fines de lucro no sólo en esta comunidad, pero también en el resto de Puerto Rico, poniendo a muchas personas vulnerables en una situación precaria y desesperante. Todo esto se torna más profundo con el paso de los huracanes Irma y María, ya que para atender la situación de otros necesitan primero atender las suyas.

AGUADA2

Calles en el pueblo de Aguada se inundan tras el paso de María, dejando a comercios y vecinos afectados por los vientos intensos y las fuertes lluvias.

Al finalizar la actividad, ya habiendo desarrollado y trazado un plan de trabajo para el restante del año, fueron ellos quienes sin saberlo me dieron un aliento profundo. Nada de lo anterior importó. Ni ver lo difícil que se les hizo comer, o pasarle el tenedor que ella llevara rato buscando sin percatarse se le había caído dentro del plato, ni los retos que ahora enfrentaban, o la reducción de dinero para este año para yo reafirmar que en nuestras decisiones descansa el bienestar de nuestra gente. El hecho que dos personas con recursos sumamente limitados hagan todo lo imposible, día tras día, para sacar su comunidad hacia adelante es motivación de sobra para que el resto de un país haga lo mismo.

Dicho eso, hay que hacerle un llamado al Departamento de Hacienda de Puerto Rico, para que dirijan sus esfuerzos a fiscalizar fuertemente esas organizaciones que no adelantan un bien social y que no están cumpliendo con los requisitos reglamentarios, de modo que no continúen recibiendo fondos ni beneficios del gobierno y estos puedan ser redirigidos a quienes realmente lo necesitan. Y no menos importante, a los profesionales y voluntarios futuros: está en nosotros apoyar estas causas y brindarles el conocimiento técnico y la ayuda (de cualquier tipo) que necesiten para que puedan continuar sirviéndole a los nuestros. Sólo así lograremos amortiguar el golpe actual y el que se avecina.

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